Publicado en La Galerna el 21 de octubre de 2020.
“Bella del Señor” (“Belle du Seigneur”) es una novela escrita por
el suizo Albert Cohen y publicada en 1968. En ella, el autor nos narra la
relación amorosa entre Solal y Ariane la cual, entre otras vicisitudes, supone
una consagración de la apariencia (los amantes sólo se ven en un estado de
perfección estética impecable), de la seducción y del pesimismo del mito del
amor puro. Pues en octubre de 2020, y tras haber disputado cinco partidos,
Zidane y cierto sector del madridismo (no es el caso de los galernautas) se
encuentran atrapados, de alguna manera, dentro de la obra de Cohen. Tras haber
perdido el pasado sábado contra el Cádiz en un partido infame, abúlico, pongan
ustedes el adjetivo que consideren, los tambores de guerra contra el entrenador
han redoblado el toque (y digo redoblado, porque sonar siempre suenan) pidiendo
su cabeza por voluntad propia o bien por mano ejecutora del presidente. Ya
saben la historia de la trayectoria de Zidane en el Real Madrid y que, pese al
amor que se le profesa y los títulos obtenidos, ha sufrido críticas desmedidas
tanto respecto a su trabajo como su (supuesta falta) de capacidad para el
desempeño del mismo. ¿Se equivocó Zidane en el planteamiento y en los jugadores
el sábado? Pues a mi entender, sí. Y no voy a caer en ese tópico de que “no
jugamos a nada”, porque es algo que se le lleva reprochando al Zidane
entrenador desde su primera época. Se confirma con ello que, para seducir al
madridismo, aparte de ganar, nos tiene que gustar la manera de hacerlo. Y aquí
aparece la perfección estética de “Bella del Señor” en la que al madridista no
le vale con ganar ni le vale con que el equipo lo haga bonito; necesita ambas
cosas para ser feliz. Cierto es que el sábado no tuvimos ni lo uno ni lo otro,
y que aquella idea de la Unidad A y la Unidad B respecto a la plantilla ya no
se sostiene. La Unidad B falla, pero es que también lo hace la A. Hay jugadores
que ya han pasado su mejor época y otros que ya no dan nivel para la exigencia
del Madrid, pero puede ser que por preferencias del entrenador y por la situación
económico-sanitaria, sigan aquí. Y sí, también vamos a darle la dosis de culpa
al entrenador, por supuesto. Culpa que se reparte entre esa predilección por
según y qué futbolistas y entre lo que de manera común llamamos la pizarra. Si
en el intermedio te ves obligado a hacer cuatro cambios es que, aparte de que
los jugadores no hayan rendido como debería rendir un miembro de la primera
plantilla del Real Madrid, es que te has equivocado en el planteamiento del
partido. El problema es que los cuatro que entraron a deshacer el entuerto, y
el quinto que participó después, nada aportaron sino más desatino y
desesperación en el aficionado. Y aquí es donde estamos, en plena fase de
pesimismo sobre el amor que le profesamos tanto a Zidane como al equipo, una
fase cíclica, porque si recuerdan el inicio de la temporada del año pasado, la
cosa no pintaba mucho mejor. En la jornada cuatro habíamos empatado ya dos
veces y en la nueve el cómputo era de tres empates y una derrota. Estábamos en
mitad de la tabla. En la Copa de Europa el panorama no era más alentador: nos
había ganado el PSG, y el Brujas se había llevado un empate del Bernabéu.
Empezamos mal la temporada pasada y esta el camino es similar.
A ello sumen que, como ya les escribí en septiembre, sigo pensando que el equipo está en pretemporada y
que los fichajes y salidas que debieron hacerse no se han podido realizar dado
el contexto que vivimos, así que es con estos mimbres con los que nos toca
tejer el cesto. Y sí, el tejedor adecuado para ello es Zidane porque ya lo ha
demostrado, y las críticas destructivas que se construyen a su alrededor no van
a servir de nada. Al igual que en “Bella del Señor”, la relación
Zidane-madridistas tiene amor, pasión, deseo, aburrimiento y hartazgo, pero a
diferencia del libro, aquí ese camino no está destinado al fracaso, porque
Zidane ya ha acreditado que con él, se gana.
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