Las fotos.

           Publicado en El Día de Zamora y El Periódico de Castilla y León el viernes 1 de mayo de 2026.

No sé si son conscientes de la cantidad de fotos que hacemos a lo largo del año. Fotos de eventos, de vacaciones, fotos aleatorias donde antes, hace ya tiempo, por el contrario, se requería una cierta preparación o certeza. En ese tiempo del que les hablo, las fotos requerían una cámara y un carrete, así que dada la limitación del contenido de ese carrete había que escoger muy mucho lo que se quería inmortalizar porque después ese contenido debía pasar por manos ajenas para el proceso del revelado, y sólo unos días después podíamos acceder a lo que habíamos fotografiado. Sí, por resumir me he saltado el periodo de las cámaras instantáneas y el de las de usar y tirar, pero céntrense en el comienzo del texto. La galería de nuestro teléfono contiene fotos guardadas que apenas volvemos a ver, que hicimos en un momento que ya no recordamos y en las que a su vez aparecen personas cuya identidad desconocemos, gente que pasaba por allí cuando usted hizo clic (ya sé que no suena así, pero permítanme la licencia viejuna) y que se ha incorporado a nuestra memoria, aunque sería más acertado decir a la memoria de nuestro dispositivo móvil. Y esto es trasladable a los teléfonos de otros que hicieron fotos y en las que aparecemos nosotros al fondo como una parte más del paisaje retratado. ¿Qué sucede con esos extraños, o con nosotros, cuando nos incorporamos a los recuerdos de otros? La respuesta más radical es la eliminación, porque ahora casi todos los terminales permiten editar las fotografías borrando aquello que nos estorba, gente incluida, para darnos una falsa apariencia de exclusividad, pero hay veces que esos extraños, y nosotros para ellos, nos quedamos a vivir en esos teléfonos volviendo a sus casas, a Fukuoka, a Cali, a Nuku’alofa, a Bollullos del Condado, da igual el destino. No es que en cada fotografía una parte de nuestra alma queda atrapada, sino que en al quedar retratados en esas fotos espontáneas se está construyendo una identidad sobre nosotros que rara vez tiene que ver con lo que somos. Es una réplica nuestra pero no somos nosotros, es un fingimiento de nuestra realidad, una instantánea de un momento que queda inmortalizado para que alguien, en algún lugar del mundo o en cualquier red social, enseñe un sitio en el que usted no es más que parte del atrezo. La vida.

Y por hoy, ya estaría.

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