El otro día me comentaba una persona, de esas pocas que deben pararse a leer mis cosas, que no era posible que me sucediera todo eso que yo digo que me pasa y que después les traslado al papel para su deleite. Y yo le contesté que no sólo me suceden a mí, sino que nos pasan a todos, pero que somos pocos los que tenemos la capacidad de percibirlas. Lo habitual es que todos ustedes se levanten por las mañana y sólo se fijen en las cosas que tienen enfrente, pero si prestan atención, fuera de foco, en los bordes de la imagen, podrán percibir toda una serie de acontecimientos y sucesos que, precisamente por aparecer desenfocados, carecen del protagonismo que yo pretendo venir a darles en mis artículos. Yo creo que todos esos acontecimientos se colocan en ese lugar secundario porque no quieren ser descubiertos, pero yo no me resisto a contárselos. Y no se trata de que ellos pretendan marginarse, sino que optaron por colocarse a un lado del protagonismo de los acontecimientos cotidianos. Vivir al margen es diferente de estar al margen. Los acontecimientos peculiares no son marginales, sólo decidieron vivir ahí, de una manera deliberada, ya que por su particularidad intuyeron que podrían tener problemas de aceptación. Y con los acontecimientos nos sucede igual que con las personas. Mientras formas parte de la masa indistinta no hay problema, pero cuando pretendes destacar por cualquier cosa, ya sea tu manera de vestir, pensar, actuar, etc, enseguida eres desplazado al borde de la imagen, en este caso sin que medie voluntad alguna por tu parte, ya se encargan otros de ponerte en tu sitio. Muchos de nosotros decidimos, por propia voluntad, situarnos al margen. Y ello supone un gran esfuerzo, no vayan a pensarse, que el hecho de decidir situarse a un lado. Enseguida te toman por rarito, y lo peor, por pasota. Y no, no somos ni lo uno un lo otro. Nos apartamos para poder tener nuestro propio ritmo y nuestra propia pausa, para poder ver el mundo desde otro ángulo y poder observar detalles que a los que lo veis de frente se os escapan. Es una cuestión de perspectiva y de posicionamiento. Por el contrario, el privilegio de tener un punto de vista diferente nos provoca cierta soledad tanto física como de ánimo, lo cual ya les digo yo que no es nada agradable.
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