Supongan ustedes que nacen en el seno de una familia judía allá por los inicios
del siglo XX, y supongan también que lo hacen en Alemania. Sigan suponiendo.
Estudian ustedes filosofía, teología y griego para después hacer su tesis doctoral en,
nada menos, la Universidad de Heidelberg. Ahora dejen de suponer, porque lo que les
cuento es por todos sabido. Llega 1933 a Alemania y de repente la vida para los judíos
deja de ser tranquila, por decirlo de un modo muy sutil. Nuestra protagonista, se me
había olvidado contarles que es mujer, a la vista de lo que se le avecina emigra a París,
donde un poco más tarde los chicos de la esvástica también consiguen llegar, y tras
estar internada en un campo de concentración, vuelve a escapar, esta vez a los
Estados Unidos. Saltemos en el tiempo. Termina la guerra, pasan los años y como
periodista del New Yorker, esta mujer de la que les escribo viaja a Israel a cubrir el
juicio contra Adolf Heichmann, Teniente Coronel de las SS, nada menos que el
responsable directo de la Solución final, principalmente en Polonia, y de los
transportes de deportados a los campos de concentración alemanes durante la
Segunda Guerra Mundial. Justo en este punto es donde se centra la película recién
estrenada en Francia “Hannah Arendt”, la cual se ocupa del ensayo que Arendt
escribió a lo largo del proceso, titulado “Eichmann en Jerusalén: informe sobre la
banalización del mal”. El estudio recibió numerosas críticas centradas en dos aspectos.
Por un lado, el papel que los líderes judíos habrían jugado en la elaboración de las
listas de deportados. Por otro, la idea de que Eichmann sólo era un diligente
funcionario, lector de Kant, alérgico a la violencia y empeñado en cumplir las órdenes,
un ser banal al que la irreflexión “le predispuso a convertirse en el mayor criminal de
su tiempo”. Para Eichmann, todo era realizado con celo y eficiencia, y no había en él un
sentimiento de “bien” o “mal” en sus actos. Pueden comprender el impacto que tales
afirmaciones, y más viniendo de una judía, tuvieron. La banalidad del mal, como
concepto según el cual el mal no nace del individuo sino de las circunstancias que lo
rodean, desencadenó críticas y acusaciones, y creó una de las grandes polémicas
intelectuales del siglo XX.
Hannah Arendt murió en Nueva York en 1975.
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