Publicado en El Día de Zamora y El Periódico de Castilla y León el viernes 30 de octubrede 2026.
Título largo hoy, sí, y un poco confuso por lo que requiere alguna
aclaración. El “como” que lo encabeza no es el presente de indicativo del verbo
comer (yo como) sino que es una conjunción comparativa, así que conecta elementos
en estructuras de comparación. Para que me acaben de entender, estamos en una sociedad
en la que se trata a las personas como si fueran alimento para el ganado. Empezando
por agentes “externos” del ámbito laboral y económico, la instrumentalización
de la ciudadanía nos ha convertido en seres homogéneos reducidos a combustible
para el mercado. Esa deshumanización provoca que sólo seamos unidades
de producción, es decir, el alimento que mantiene viva la maquinaria del
sistema, es decir, pienso. A través de la
economía de la atención y las redes sociales, nuestros datos, tiempo y
comportamientos son empaquetados y vendidos. Dejamos de ser el cliente para
convertirnos en el producto (el pienso que alimenta a los
algoritmos de las grandes corporaciones, de esos agentes externos que les decía
unas líneas más arriba). Todo el sistema que nos rodea está enfocado al “bienestar”
de las personas no por altruismo, sino para garantizar que seamos útiles,
dóciles y económicamente productivos, y es ese mismo sistema el que decide
quién es útil y quién es desechable o prescindible. Las personas que ya no
generan rendimiento económico son abandonadas por dicho sistema, tratadas como
residuos tras haber sido consumidas. Como derivada de todo esto, las relaciones
humanas también se han transformado, acomodado a esta nueva situación. Hay una
nueva y más violenta presión social que nos obliga a hacer o decir cosas que,
en realidad, no queremos. Y enfatizo en lo de hacer o decir, porque la opción
de no hacer o no decir se ha descartado como consecuencia de esa productividad
exagerada. Con tal de satisfacer las expectativas de los demás cambiamos, de
manera consciente o inconsciente, nuestros pensamientos, valores o actitudes
por temor a, caso de no hacerlo, convertirnos en parias o marginados. No es mi
tarea el decirles cómo deben comportarse o no, pero si queremos dejar de ser
pienso para cerdos, empecemos a dejar de comportarnos como pienso para cerdos.
Con su vecino, con su compañero de trabajo, con la persona que le atiende en la
caja del supermercado. Empiecen por lo básico.
Y por hoy, ya
estaría.
Puedes seguirme en twitter en
@cuadrablanco. No es obligatorio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario